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La creación artística es un fenómeno muy complejo que se mueve por sendas y caminos a menudo difíciles de explorar. ¿Qué es lo que hace, por ejemplo, que en un momento y lugar determinados surja un gran número de productos artísticos de calidad? ¿Por qué a veces hay diferencias tan importantes entre las obras realizadas por creadores diferentes formados en circunstancias similares, o incluso entre épocas diversas en la trayectoria de un mismo creador? ¿Hasta qué punto es la creación artística un fenómeno individual y subjetivo o, por el contrario, está determinada por unas circunstancias contextuales? ¿Cuáles son los criterios que público y creadores pueden utilizar para juzgar el valor o la calidad de una producción determinada? Estas son sólo algunas de las preguntas que artistas, críticos y públicos se han formulado históricamente para intentar poner en claro algo de lo que, en el fondo (y creo que afortunadamente), nunca ha dejado de ser un misterio, pues la creación artística tiene, sin duda, una buena dosis de espontaneidad e irracionalidad. No obstante este carácter huidizo, y a pesar de saber que estas preguntas no tienen una respuesta definida, hay una cuestión que, al menos desde la Administración pública y, en particular, desde los ayuntamientos (en tanto que Administración más próxima al ciudadano), tenemos la obligación de plantearnos: ¿es posible hacer algo para favorecer una creación artística de calidad, diversa, innovadora y accesible en todos los sentidos? Sin dejar a un lado las reservas sobre las características del hecho creativo que he formulado anteriormente, me parece que en este caso la respuesta debe ser claramente afirmativa: las instituciones tenemos en nuestras manos unos instrumentos que, bien gestionados, pueden influir positivamente y en muchos aspectos en la creación artística, con las repercusiones beneficiosas que pueden derivarse para la mejora y el progreso de la actividad cultural en general. Y si bien no existe, lamentablemente, una fórmula automática que nos permita aplicar estas herramientas y conseguir resultados positivos, sí hay, en todo caso, una serie de consideraciones previas que, en mi opinión, hay que tener muy en cuenta. En primer lugar, no debemos perder de vista que la creación es un eslabón más en una cadena de producción y recepción de la cultura que abarca muchos otros elementos imprescindibles, y que sólo teniéndolos todos en cuenta será posible crear el espacio en el que determinadas políticas de ayuda a la creación adquieren sentido. Así pues, hay que tomar en consideración estos otros elementos: una formación de calidad tanto de los artistas creadores como del público; la existencia de espacios de búsqueda, reflexión e investigación que favorezcan la innovación artística y la aparición de nuevas propuestas; la posibilidad de presentar el trabajo creativo y hacerlo llegar al público en unos espacios y unas condiciones dignas y correctamente preparados, y, finalmente, la voluntad de llevar a cabo una labor activa de difusión y pedagogía de las propuestas artísticas, una labor a través de la cual estas propuestas, por arriesgadas que sean, encuentren realmente unos canales de comunicación y recepción adecuados. Sólo actuando de forma global en todos estos ámbitos conseguiremos crear unas condiciones generales adecuadas no sólo para que los creadores lleven a cabo sus proyectos, sino también para que dispongan de un espacio en el que mostrarlos, de manera que sean recibidos por aquellos ciudadanos que estén interesados. En este sentido, me parece que en los últimos años, conscientes de la complejidad de los objetivos planteados, todas las Administraciones han entendido que para fomentar la creación artística no basta con implantar políticas de subvenciones. Estas, aunque imprescindibles muchas propuestas innovadoras y arriesgadas necesitan el apoyo público para salir adelante, pueden acabar generando efectos no deseados de clientelismo y acomodación. De esta forma, dentro de las competencias que cada Administración tiene asignadas, las políticas de apoyo y fomento de la creación deben concebirse desde una perspectiva más amplia. Es necesario, por ejemplo, coordinar y revisar tanto la cuestión de las enseñanzas artísticas especializadas como la enseñanza de las artes dentro de la educación obligatoria, como única vía para potenciar y favorecer la aparición de nuevos creadores y, en cualquier caso, de conseguir un público más formado, más crítico y más exigente (pero también más interesado) a la hora de valorar las propuestas artísticas. Cabe, asimismo, actuar con decisión a favor de la creación de nuevos públicos, programando actividades que interesen a sectores sociales muy diversos y ofreciendo facilidades para que nadie se sienta excluido de las actividades culturales; de esta forma, no sólo se posibilita el acceso de todos a la cultura, sino que también se contribuye a la viabilidad económica y a la autonomía de numerosos proyectos artísticos. Por último, desde las Administraciones podemos trabajar asimismo en la difusión artística y la coordinación, a fin de dar apoyo concreto a los creadores a la hora de moverse y mostrar su trabajo en lugares diversos. A otro nivel, también podemos actuar generando o fomentando la implantación de espacios de experimentación que, de alguna manera, puedan servir de «laboratorio de ideas» para renovar el pensamiento y la creación artística. En esta línea se sitúan, por ejemplo, los proyectos de centros de creación y producción en diferentes disciplinas que la Generalitat está impulsando actualmente en colaboración con diversos ayuntamientos y entidades del país. Entre las diversas funciones que deberán cubrir estos espacios destaca, sin duda, la de ofrecer recursos para el desarrollo de proyectos creativos innovadores y arriesgados, imposibles de llevar a cabo en otros contextos y capaces de alcanzar una repercusión internacional. Un último ámbito de implicación de las Administraciones debe centrarse en proporcionar unos espacios y unas condiciones dignas para la exhibición y difusión del trabajo artístico; ayudar a producir un gran número de nuevas creaciones artísticas no servirá de nada si después no hay lugares apropiados para presentarlas y hacerlas visibles. Por una parte, así pues, es necesario asegurarse de que estos lugares existan (teatros, espacios expositivos, auditorios, cines, salas de música...) y de que su distribución se base en criterios de equilibrio territorial y de potencialidad artística de los diversos puntos de nuestra geografía. Por otra parte, es igualmente importante velar por que sus programaciones respectivas no estén supeditadas sólo a criterios económicos, sino que también (o sobre todo) tengan en cuenta la necesidad de dar apoyo a aquellas propuestas creativas que de otra forma no encontrarían circuitos de difusión. En este contexto, es importante que desde las Administraciones se tome conciencia de la necesidad de retribuir a los creadores de forma adecuada a la labor realizada, como pasa en cualquier otro ámbito, y que se supere la situación de un cierto «servicio voluntario» a la que a veces parecen verse forzados. Aunque, como es sabido, oficialmente los ayuntamientos tienen atribuidas muy pocas competencias específicas en el ámbito de la cultura, en la práctica realizan una gran cantidad de actuaciones en todos los ámbitos de la acción cultural. De esta forma, desde los ayuntamientos podemos intervenir en muchos de los procesos que hemos indicado anteriormente: construyendo y dotando infraestructuras, generando programaciones culturales atractivas, trabajando en la búsqueda de nuevos públicos... También entra dentro de nuestras atribuciones el establecimiento de contactos directos con creadores y entidades, así como la colaboración con ellos en muchos aspectos (no sólo en el económico) para facilitar su tarea. Una política de fomento de la creación a través de ayudas económicas directas sólo tendrá posibilidades de contribuir de forma real y efectiva a un mayor desarrollo y diversificación de la actividad creativa del país en un marco de acción cultural en que se tengan en cuenta todos estos elementos. También en este sentido cabe subrayar que, en los últimos tiempos, las Administraciones han llevado a cabo un importante esfuerzo por dotar con cantidades más significativas las convocatorias de becas y subvenciones, y por mejorar y afinar los criterios con que se conceden. En el caso del Ayuntamiento de Girona, por ejemplo, la convocatoria de subvenciones de este año ha visto incrementada en un 40% su dotación económica. Esta acción conjunta está contribuyendo a fijar poco a poco las bases necesarias para que en nuestro país la actividad creativa sea capaz de normalizarse y superar la etapa de garantía de supervivencia en que parece haber vivido hasta ahora para avanzar hacia una fase de explosión creativa. Pero si esto ocurrirá o no es imposible de prever; sólo los creadores tienen en sus manos y en sus mentes la facultad de hacerlo real. M. Lluïsa Faxedas
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