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Una de las actividades más preciadas entre todas las que pueden promover los centros culturales, los museos y otras instituciones son las exposiciones temporales. Para los museos, este tipo de exposiciones constituye el estímulo que permite captar la fidelidad del público y atraer a nuevos visitantes, además de ser la fórmula ideal para desempolvar las colecciones guardadas en reserva, exhibir las piezas ordenándolas según un nuevo punto de vista y revalorizar las obras. La exposición temporal funciona, también, como escaparate de la visión de la institución que la organiza. Por otra parte, si el campo de trabajo es el artístico, la exposición se convierte en la herramienta por excelencia y casi la única para poner en contacto a los artistas con el público. Desde principios del siglo XX, las exposiciones son uno de los productos que caracterizan los hábitos culturales de la sociedad occidental; de hecho, se han convertido en uno de los ingredientes de la sociedad del bienestar, basada en el ocio y el consumo. La exposición crea una actualidad con fecha de caducidad que hay que aprovechar. La creación del acontecimiento, su carácter efímero e irrepetible y la búsqueda de una presentación cada vez más espectacular constituyen los puntos fuertes de un fenómeno que a lo largo de los años ha acortado la distancia entre cultura y diversión para entrar en el delicado terreno del espectáculo. Ciertamente, esta herramienta puede ser cuestionada por el riesgo de dirigismo cultural que podría llegar a comportar. Sin embargo, por otro lado, también debemos valorarla como bien excepcional, ya que es de los pocos productos que permiten hacer llegar aspectos de la cultura a un público numeroso en una época mediática en que los hábitos culturales se colocan en competencia con fenómenos como la telebasura, los videojuegos y el shopping. Desde los años ochenta, las exposiciones temporales son un atractivo fundamental para el turismo cultural. También se han desarrollado los circuitos de exposiciones itinerantes entre ciudades y entre continentes. Las propuestas más valiosas en cuanto a costes de producción y contenido tienen lugar, por regla general, en alguna capital de Estados Unidos y de Europa, siendo el eje internacional más importante el de Nueva York, Londres o París y Tokio, y, más cerca de nosotros, el circuito entre Barcelona o Madrid, París y Londres. Las grandes instituciones económicas y culturales crean sus canales para hacer posibles propuestas de altísima calidad. Hay que entender que, tras la aparente gratuidad de la entrada, la inversión en exposiciones aporta una alta rentabilidad en cuanto a imagen y publicidad a través de los medios de comunicación de masas, que procuran siempre hacerse eco de los acontecimientos culturales. A grandes rasgos, las exposiciones pueden ser monográficas, históricas, temáticas o de tesis. Actualmente, también pueden ser presenciales, en las salas, o virtuales, por Internet. El Metropolitan, la Tate Gallery y el Prado son ejemplos de grandes emisores de monográficas; los museos Guggenheim, el Thyssen y el Reina Sofía han realizado excelentes exposiciones históricas; el Georges Pompidou y el CCCB han protagonizado interesantes propuestas temáticas, y hemos podido seguir las tesis de influyentes comisarios como Jan Hoet, Dan Cameron y Catherine David, que han trabajado para las más importantes instituciones internacionales aportando sus propuestas, a veces polémicas, clarividentes u oportunistas, pero nunca asépticas. En una ciudad mediana como Girona, el esquema internacional se reproduce a pequeña escala. Aquí, cada institución plantea la propia política de exposiciones temporales de acuerdo con sus objetivos. En el seno de la ciudad se observa, sin embargo, una intuitiva complementariedad de las propuestas de exposiciones en relación con una cierta especialización de los centros emisores. Los museos responden a su posición patrimonial según la especificidad. El Museo de Arte, por ejemplo, contextualiza las obras de arte de la colección, explica períodos o procesos, autores representados en su fondo, etc.; el de Historia se orienta más hacia aspectos relacionados con la historia de la ciudad y de la sociedad; el Museo del Cine promueve exposiciones relacionadas temáticamente con su colección, y las salas vinculadas a las cajas de ahorros acogen exposiciones temáticas creadas para circuitos propios. El Centro Cultural La Mercè, por su parte, se ha especializado en las exposiciones de arte contemporáneo, a las que dedica sus tres espacios y con las que pretende dar salida a las propuestas de los artistas en activo, especialmente de los gerundenses (no hay que olvidar que se trata de un centro de titularidad municipal). La sede del Centro Cultural da prioridad a los artistas de la Escuela de Arte, mientras que la Sala de la Rambla se abre a la participación de artistas reconocidos en circuitos profesionales y la Capilla de Sant Nicolau se usa como espacio complementario y de acogida de propuestas de terceros. Este tipo de exposición temporal es más próximo a la actividad de las galerías privadas que a la de los museos y los centros culturales, pero se diferencia de las primeras en que no valora las posibilidades de comercialización de las obras de arte. Se trata de exposiciones que presentan el arte de forma cercana y que pretenden despertar el sentido crítico más allá de lo que consiguen hacerlo los grandes acontecimientos expositivos y las ferias de arte. Los espacios municipales aportan los recursos museográficos y de difusión a unos proyectos expositivos que se centran en la obra reciente de los artistas. Estas exposiciones ponen la obra en diálogo con el público, y su escenificación es fundamental para facilitar la comunicación. La prioridad es dar a conocer el arte contemporáneo y una selección de artistas interesantes, siendo secundario el hecho de que el artista, una vez seleccionado, opte por trabajar con un comisario para formalizar un proyecto expositivo en lugar de hacerlo personalmente, o que escoja una determinada forma de presentación o tecnología, siempre que se adecue a la disponibilidad presupuestaria. Y es precisamente el presupuesto el factor que determina que el proyecto expositivo sea más o menos profesional. En efecto, no hay que olvidar que la profesionalización de los artistas visuales comporta destinar honorarios para compensar económicamente el trabajo que representa preparar una exposición. Por otra parte, el éxito, la afluencia de público y la repercusión del proyecto serán mayores o menores dependiendo de los recursos destinados a publicidad y difusión y a la edición del catálogo, una pieza fundamental del juego expositivo por constituir el poso documental que dejará constancia de la exposición temporal. Carme Sais
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