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Una exposición es mucho más que la exhibición acumulativa de una serie de objetos, artísticos o no, con independencia de la calidad intrínseca de las obras o de los autores presentados. Hoy, una exposición es una tesis, una hipótesis que, para captar la atención del público, debe llegar a la provocación, entendida esta no como una ofensa, sino como una estimulación del deseo. Las exposiciones son ensayos sobre temas puntuales que, más pronto o más tarde, entrarán a formar parte de la enciclopedia es decir, del museo o bien son propuestas que se centran en apartados de esta enciclopedia con el objetivo de ayudarnos a mirarla de otra forma. Lo que es indudable, sin embargo, es que para que las exposiciones funcionen deben propiciar una reflexión intelectual y sensible, deben invitar al visitante a participar activamente, a caminar, a mirar, a pensar y a sentir, y más aún ante el inmovilismo que comporta el conductismo de los multimedia. Una exposición es, o ha de ser, un microcosmos complejo y globalizador, auténticamente multidisciplinar. No es una cuestión de morfología, sino de sintaxis, de saber articular los momentos de gran intensidad con los de pausa y transición. Los espacios, los recorridos, la iluminación, los colores...: todos y cada uno de los elementos que integran una exposición deben remitirnos a su «núcleo duro», es decir, a las obras de arte. Cuando no es así, cuando el envoltorio es más ostentoso y llamativo que la obra de arte, los objetivos se confunden y se pierde eficacia comunicativa. Así pues, definir el punto donde confluyen la comunicación y el disfrute significa garantizar la validez de la exposición, tanto para el espectador como para quien la organiza. Las exposiciones temporales, como su nombre indica, son efímeras, excesivamente fungibles. Pero también son las que abren nuevos caminos de interpretación del arte y el pensamiento artístico, y las que perduran en la memoria y la sensibilidad del espectador. Y el museo necesita las exposiciones precisamente por eso: porque le permiten acercarse a la audiencia que, a la larga, se familiariza con sus colecciones. Y es que, para mí, entre el templo de las musas anacrónico y la arrebatadora fuerza subliminal de los mass media existe un punto de equilibrio donde los sujetos y los objetos se encuentran y viven una experiencia: la exposición. Daniel Giralt-Miracle
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