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Un discurso nublado por un sinfín de números que desarrollan una lógica incomprensible al transcurrir artístico, pero que son herramientas de distorsión conscientes, capaces de convertirse en hecho artístico.
La alteración voluntaria de un número, de una coma, de un punto, de una letra se convierte en revelador. Fácil, virtuoso.
Virtuosismo de formalización y de sencilla aplicación, realización y utilización del mismo medio como herramienta de expresión. Comparable a la trayectoria que el proceso videográfico ha trazado para llegar a llenar e integrar la mayoría de exposiciones y acontecimientos artísticos, hasta el punto de resultar indiferente si el contenido es de arte contemporáneo o de pinturas del Renacimiento, ya que se ha convertido en un medio de expresión habitual.
La reflexión en frío se hace terrible, abrupta, dolorosa: la técnica siempre limita la creación. Los controladores de la nueva tecnología, desbordados, se rinden y limitan todo aquello que nuestra lógica creía posible, cerrándonos caminos, acotándonos pasillos y recluyéndonos en espectaculares habitaciones rococó llenas de imágenes que disimulan muros armados de matemáticas.
La fascinación por lo desconocido nos atrae más que la misma reflexión; siempre queremos ser innovadores, y la manera más cómoda de conseguirlo pasa siempre por dejarse llevar por la novedad tecnológica.
Se podría decir que el artista tiene que hacer propuestas capaces de animar a estos controladores o técnicos de la informática, forzar el ingenio a fin de descubrir las jugadas necesarias para invertir lo establecido o conseguido, proponer nuevos objetivos, nuevas combinaciones. Un hecho, sin embargo, que no es ni mucho menos obligatorio.
En este caso, la informática se convierte en una especie de tablero de ajedrez en el que el artista y el técnico tienen que jugar una partida, con la particularidad de que juegan juntos tanto con las blancas como con las negras. Un juego que se aleja de la mítica individualidad creativa para convertirse en una colectividad capaz de transmitir emociones.
Una provocación emotiva que también se puede alcanzar mediante un conocimiento austero de la técnica, del medio. La conciencia de las limitaciones se convierte para el artista en una vuelta a la tradición. El artista se enfrenta con el trabajo en la red de la misma manera en que se encara con un folio de papel en blanco para trazar en él un dibujo. Y quizá sea a través del intento de agotar los recursos que nos proporcionan pequeñas parcelas de la técnica cuando seremos capaces de descubrir verdaderas innovaciones artísticas.
Toda reflexión sobre el medio, ya sea para transgredirlo, provocarlo e innovarlo o bien para agotar todas las posibilidades de una pequeña porción de este medio, requiere una premisa taxativa: desligarse de todo virtuosismo gratuito, para no traicionar la misma reflexión.
Así como el soporte videográfico digital se ha ido imponiendo a medida que las novedades técnicas han llegado a mayoría, desencadenando un boom que ha colonizado todos los estamentos artísticos y convirtiendo este medio en una herramienta sencilla y de bajo coste productivo y, al mismo tiempo, de gran valor comercial en el mercado artístico, esperamos que, en breve, el net-art, o arte hecho en la red y para la red, se convierta en un soporte digno y normalizado dentro del mundo del arte.
Pep Canaleta
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