El gòtic Català augmentar imatge

Un dia, un, llamémosle, artista creador contemporáneo, Philippe Thomas, nos dice que después del ejemplo que nos dio Marcel Duchamp, todos hemos de sentirnos capaces de ser creadores, tomando este concepto en toda su radicalidad, lo cual significa que hemos de ser capaces de elaborar algo que antes de nosotros no existió jamás. Efectivamente, una obra es arte o no lo es según el concepto con que es percibida. Un hotentote no entenderá jamás que sus ídolos sean otra cosa que espíritus transferidos. Cuando los revolucionarios entraron en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, el 1917, no eran conscientes, ni mucho menos, que en aquellas paredes había obras de arte y menos aún que el propio palacio era una arquitectura con suficientes méritos para figurar en la historia del arte. La Moreneta de Montserrat es una imagen sagrada; en modo alguno constituye una obra de arte del siglo XII con mayor o menor mérito artístico. El avión Concorde puede ser una excelente pieza de ingeniería o también una obra de arte, un Brancusi, de gran sutileza. El concepto implícito en la visualización determina –y podríamos decir lo mismo con respecto a los sonidos- qué objetos son obras de arte y cuales no lo son. Como que nuestros conceptos son el producto de una educación inserta en una cultura, es la cultura, junto a sus instrumentos –entre los cuales hay, además de las historias de arte que lo explican, las llamadas galerías de arte y, por encima de todo, los museos (estructuras construidas, algunas de ellas contemporáneamente, deliberadamente con esta finalidad)-, lo que decide qué son y donde se hallan las obras de arte.

Ante este aserto difícilmente negable, dada la misma historia de la humanidad, que recupera por las vías arqueológicas y etnológicas todo aquello que no era más que práctica vital y necesidad de subsistencia, es obvio que el discurso de Philippe Thomas adquiere sentido cuando dice expresamente que es aquel que firma algo –es decir, que distingue de la indiferencia del anonimato algo perteneciente a una serie, o no- quien, por el crédito que nuestra sociedad otorga a toda obra personalizada y autentificada por una firma (hasta el signo por antonomasia de la individualidad única), certifica que aquello es una obra de arte. En autentificar, si lo hacemos a través de una entidad especializada socialmente considerada, creamos obras de arte. Como Duchamp; sea cual sea el soporte y aunque sea un ready-made, algo ya hallado, ya establecido, y por si faltara algún aspecto a esta acreditación, están los museos, creación de las sociedades para este tipo de producción especial, separada de la producción de enseres de uso habitual. Es en los museos, entre los grupos sociales considerados por la sociedad misma como poco preparados para la cuestión, allí a donde va el común de la gente a asesorarse sobre lo que son las obras de arte. Los objetos que se muestran en las estructuras museísticas son los que el pueblo forzosamente debe considerar obras de arte.

Si se presenta un rechazo a este juicio-proposición, quien lo formula puede ser considerado un ser aparte marginal y inculto, aún en vías de formación social, o un rebelde que, por lo tanto, es preciso vigilar y controlar con mucha atención porque se enfrenta con el sistema de valores que constituye toda sociedad establecida.

Es obvio que lo que hemos dicho de los museos y su relación con el público –que es un hecho social que arranca, en el sentido de masas (no en el de personalidades de cultura especial o profesional), de los tiempos de la ilustración, en la segunda mitad del siglo XVIII- determina y condiciona lo que puede ser considerado obra de arte. La practica demuestra que hay un enfrentamiento permanente entre una estructura y una presión de masas. Si ambos factores pertenecen a una sociedad considerada homogénea, el conflicto se diluye, puesto que los elementos componentes se compenetran. Pero si no hay esta adecuación –cuando los gustos del museo y los del publico no son los mismos-, entonces el edificio museístico no es mas que un lugar de curiosidades históricas. Es preciso viajar por el mundo para hacerse cargo que los mencionados conceptos de visualización no son los mismos en todas partes y que tampoco no son universales. Los conceptos con los cuales captamos, calificamos y ordenamos la cultura pertenecen, hasta ahora, a las etnias y a los sistemas de ordenación social, y cada uno de ellos actúa y determina su principio de percepción conceptual.

Arnau Puig
Filósofo y crítico de arte