|
![]() |
A lo largo del siglo XX se ha vivido un cambio de paradigma del hecho artístico; las relaciones entre el arte y la sociedad han cambiado, sobretodo si nos centramos en el análisis del arte que, por interés intelectual, intenta ir más allá de los soportes tradicionales. En primer lugar habríamos de preguntarnos como reconciliar las reivindicaciones contestatarias con los intereses económicos del establishment. A los que trabajamos con el arte efímero se nos ha complicado definir un perfil de posible cliente, ya que este tipo de manifestaciones la mayoría de carácter efímero o necesitadas de un soporte informático complejo- tienen una esperanza de vida muy limitada. Las piezas no han estado pensadas para establecer una interrelación con la cotidianeidad y, por tanto, son difícilmente mostrables en un espacio privado o público. Al contrario, se trata de manifestaciones artísticas que quieren potenciar unos valores más próximos a la investigación, ya sea del lenguaje, del medio o del propio discurso. Este hecho contribuye a la desconfiguración o desmaterialización, hasta el punto que, una vez la acción ha sido realizada o la instalación/intervención desmontada, del trabajo solo queda documentación, lo cual dificulta el establecimiento de una relación comercial entre el componente efímero que comporta trabajar en tiempo real y los intereses comerciales de los objetos. Este nuevo paradigma nos hace pensar que el perfil del cliente del arte actual, más desmaterializado o virtual, no puede ser el sujeto que compra productos hechos y distribuidos por el mercado del arte, sino que mayormente se encuentra en la figura del cliente que contribuye a la producción de la obra de arte, y esta nueva tarea hoy la realizan los coleccionistas, los patrocinadores o las instituciones. En nuestro contexto políticocultural el coleccionismo no está muy potenciado; la aportación principal, pues, la hacen las empresas patrocinadoras que ceden materiales y/o instrumental y las instituciones que otorgan ayudas y subvenciones y/o organizan exhibiciones, las cuales contribuyen a generar un trabajo desvinculado del comercio convencional del arte. En estos momentos, por tanto, el principal cliente del arte es la institución, ya que es la que puede producir y distribuir estas aportaciones de arte más arriesgado, que se encuentran muy lejos de la aceptación popular. Marta Pol i Rigau |