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El debate sobre el futuro de los museos y los centros de arte contemporáneo es, hoy, un territorio sembrado de minas. En los últimos años, sobre todo en nuestro país, asistimos a una proliferación, desordenada y repetitiva, de iniciativas, en la mayoría de los casos locales, para dotar a las ciudades de un museo o centro de arte contemporáneo. Nadie quiere quedarse fuera, pero no siempre las iniciativas responden a un proyecto, sino, en la mayor parte de los casos, a una decisión institucional y política. El procedimiento es casi siempre el mismo: iniciativa consistorial, búsqueda de complicidades institucionales, encargo del proyecto arquitectónico, inauguración del espacio y, después de todo ello, sólo después, elaboración del proyecto museográfico. En la mayoría de los casos, las iniciativas olvidan hasta la fase final (y esto suponiendo que lo consideren) el debate sobre el sentido del museo o centro, y no sólo en lo que se refiere a su política de exhibición o de producción sino, sobre todo, en lo que afecta a su dimensión de servicio público.

Es cierto que este fenómeno forma parte de una tendencia general, mucho más compleja y de mucho más alcance, a la reducción de la cultura a la industria cultural (y, por tanto, de las conexiones financieras y económicas de cualquier iniciativa), a la turistización de la cultura patrimonial y productiva, a la parquetematización de las ciudades y a la necesidad de visibilizar una cierta modernidad formal. El fenómeno es lo bastante conocido como para tener que dar más detalles. En este contexto, los nuevos centros se integran, fundamentalmente, en las dos grandes opciones que legó el siglo XX: en primer lugar, el Museo que tiene la pretensión de escribir la Historia y que establece un hilo de continuidad entre las diversas tendencias y manifestaciones desde unos parámetros ya institucionalizados; cualquier historia local se muestra, así, en su pertinencia y especificidad respecto de un relato ya escrito y nunca cuestionado. En segundo lugar, el Museo surgido en la denominada posmodernidad, basado en la espectacularización y en la supuesta ruptura de criterios hegemónicos, pero de acuerdo con un relato plural que fundamenta el relativismo formal y de significaciones. Para simplificar, podemos poner dos nombres a estos modelos: el MoMA de Nueva York y el Guggenheim de Bilbao. Pero lo importante es el modelo, reproducido en los dos casos hasta el agotamiento. Con un importante elemento en común: el imperio del público como criterio legitimador, que orienta las iniciativas y justifica las diferentes (pero mínimas) variantes del modelo.

Pero hay un debate aún por iniciar y que algunos centros están explorando recientemente con valentía: la dialéctica museo/ciudad o, lo que es lo mismo, el sentido público del museo en la configuración y problematización de ciudadanía. Centros conscientes de que su vida no está al margen de su comunidad y que establecen con ésta unas dinámicas que van mucho más allá de la simple exhibición de productos a la búsqueda, siempre problemática, de “visitantes”. Son, por dar algunos nombres, aun a riesgo de simplificar la cuestión, iniciativas que señalan caminos diferentes, seguramente irrepetibles por ser singulares y fruto de un proyecto detenidamente elaborado. Pienso en la última etapa del Macba (Barcelona), ahora ya reconocida internacionalmente, concentrada precisamente en profundizar en este debate además de proponer una lectura histórica hasta el presente del arte contemporáneo catalán al margen de la orientación hegemónica de la Historia, explorando, fuera del marco centro/periferia, rincones desatendidos y una cierta marginalidad que, por su criticismo, siempre queda fuera de las Historias lineales. O como la de Arteleku (Donostia), que, con unos presupuestos muy reducidos, se concentra sobre todo en la investigación y en la experimentación, así como en las formas no tradicionales de visibilidad. O como Witte de With (Roterdam), que prima la producción por encima de la colección y que explora nuevas dimensiones del mal llamado “arte político” multiplicando las conexiones de las prácticas artísticas con las otras formas productivas de la cultura contemporánea. O como el Zentrum für Kunst und Medientechnologie (Karlsruhe) que, además de ofrecer un trabajo ejemplar con el arte relacionado con las nuevas tecnologías de la información, ha vinculado su trayectoria a los centros más innovadores de formación artística.

Son sólo unos ejemplos, pero quizá suficientes para pensar la importancia y la posibilidad de la singularidad que debería definir, programáticamente, cualquier nueva iniciativa de creación de museos o centros de arte contemporáneo. Son, también, casos suficientes que ilustran sobre la necesidad de pensar el “lugar” de estos centros en la ciudad y la comunidad que los pone en marcha: una cuestión, la del “lugar”, reducida exclusivamente, en la mayor parte de los casos, a su dimensión física, y que deja sin plantear una cuestión esencial, la del “sentido” que se espera de estos centros y la de su función “pública” en relación con la ciudadanía.

Xavier Antich
Profesor de Estética y codirector del Máster en Comunicación y Crítica de Arte (Universidad de Girona)